Ensayo de Vivencia

Sentarme a poner en palabras mi experiencia con el masaje tántrico de Cachemira, tanto desde lo terapéutico como desde la formación, justo al cumplirse un año de haber descubierto esta hermosa terapia, me parece un regalo amoroso para celebrar este aniversario. 

Quizás por nostalgia, o simplemente por postergar, me ha costado tomarme el tiempo para narrar esta vivencia. Hoy puedo decir que mi cuerpo danza más, que la respiración está más presente y que el ir lento se ha convertido en una forma de habitarme. Conocer el masaje de Cachemira fue confirmar que sí: que otras manos, aun sin conocerte, pueden tocarte con presencia, con amor y con ternura. Ha sido una resignificación profunda del toque, una invitación constante a escuchar mi cuerpo a través de este estímulo. No trazar un plan sobre el recorrido corporal, sino jugar con la incertidumbre del sentir. El masaje ha logrado llevarme a memorias que necesitaban ser miradas con amor, para sanar y para comprenderme mejor. Me ha ayudado a ser más compasiva conmigo. 

Vivir el masaje de Cachemira desde lo terapéutico, con dos terapeutas de sexos distintos, me reveló que lo verdaderamente relevante no fue quién tocaba, sino la presencia en el contacto. Puedo destacar que el masaje recibido de Maxi logró que mi mente permaneciera en blanco la mayor parte del tiempo. Esto ocurrió dos días después del fin de semana del módulo de training supervisado de Cachemira II, por lo que mi cuerpo se encontraba en un estado de relajación casi impensable. Cada sesión ha sido un viaje nuevo, incluso cuando es la misma persona quien ofrece el masaje. Desde la primera sesión hasta la última, ha habido una evolución constante en mi capacidad de abrirme a recibir. Mi cuerpo se ha expandido en el sentir y en el reconocimiento de la importancia del tacto como parte esencial de mi totalidad. 

Realizar la formación fue continuar expandiendo aquello que aún andaba internalizando como posible. La importancia del tacto es tan profunda que sobrepasa la piel: puede sanar, pero también puede herir. Trabajar y conocer ese tacto neutral fue un reto que valió la pena afrontar. Confiar en la magia del masaje y ofrecer mis manos como herramientas desde una conciencia plena ha sido una de las experiencias más hermosas que he vivido. Participar en una formación donde no solo era practicante, sino también modelo, fue clave para empatizar, abrirme a la escucha e indagar en mis juicios y límites. Al final, la experiencia se volvía cada vez menos incómoda y más placentera, sin importar el lugar que ocupara dentro de la ronda de masajes. 

El consentimiento, vivido desde el masaje de Cachemira, dejó de ser un acuerdo verbal para convertirse en una experiencia corporal viva. Aprendí a escuchar mis sí, mis no y mis todavía en el cuerpo, a sentir cómo se expanden o se contraen ante el contacto. Experimentar límites respetados generó una sensación profunda de seguridad y confianza, recordándome que el cuidado también se expresa cuando el toque sabe detenerse, esperar y sostener. 

Descubrirme dentro del tandava que propone el masaje de Cachemira se transformó en una forma distinta de escuchar mi cuerpo. Un cuerpo que es instrumento y que, por lo tanto, también necesita ser cuidado para mantenerse en un estado pleno y poder ofrecer el masaje de manera saludable y consciente. 

Hoy, al mirar este año recorrido, agradezco a mi cuerpo por su disposición a sentir, a recordar y a transformarse. Agradezco a las manos que tocaron con respeto y a las mías, que están en la disposición de ofrecer desde la presencia. Celebro este aniversario como un recordatorio de que el camino del sentir es cíclico, amoroso y siempre disponible cuando me permito volver a él. Fico, Marian, Gaby, Maxi, Carli y Guille, gracias por tanto. 

Escrito por Ivelisse Bruno Ortiz (Terapeuta Certificada / Puerto Rico)